Todas las maneras en las que viajar es malo para ti

Es fácil hablar de todas las cosas bonitas que te pasan cuando viajas, contar las buenas historias o incluso aquellas que empezaron mal pero terminaron bien, o por lo menos de manera que más adelante te puedes reír de ellas.

Cualquier blog de viajes, post de Instagram, video de Facebook o artículo viral te va a contar todo lo fantástico que tiene emprender una aventura, todo lo hermoso que te va a pasar cuando salgas a mochilear, pero esa no va a ser la historia completa porque contar lo feo no vende, no atrae, no va con esa imagen impecable de la rubia de vestido largo que parece estar flotando frente a la Fontana di Trevi. Pero como este blog no busca cumplir con ninguna de esas líneas editoriales te voy a decir la verdad y te voy a hablar también de todo lo malo que viajar es, de lo que otra gente no te está contando, porque siento que ya está bueno de idealizar las cosas y que todo sale mejor cuando se tiene claro a lo que se va:

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Viajando solo te vas a sentir solo. 

Siempre me ha gustado mucho el estar sola, al punto que no sé si valoro algo más en esta vida que el acompañarme a mí misma así que el viajar sin compañía resultó para mí, una vez que me atreví a probarlo, lo más natural del mundo.

Sin embargo, eso no quiere decir que no haya ocasiones en las que te sientas solo. De pronto miras a tu alrededor y te das cuenta que, por muy bien que la estés pasando, te gustaría tener alguien con quien compartir una cerveza, un paseo o una conversación y si bien conocer gente nueva tiende a ser mucho más fácil cuando estás viajando que al estar estático, inevitablemente llegan momentos en los que tu único amigo vas a ser tú y no habrá nada que puedas hacer para cambiarlo, así que solo queda aceptarlo.

Después de cuatro días recorriendo islas casi desiertas de Chiloé y teniendo mínimo contacto con otros, eran tales mis ganas de socializar que terminé deliberadamente en un camping en Cucao, teniendo montones de opciones donde acampar gratis, solo por la oportunidad de toparme con otros viajeros, cosa que ni siquiera me resultó puesto que las poquitas personas que llegaron al sitio andaban en pareja y sin ánimos de compartir con nadie más que ellos mismos así que los 4 días introspectivos se convirtieron rápidamente en 6.

Así como este tengo varios episodios en varios otros destinos, pero nada se compara con el día en el que, por pura torpeza, me caí con todo y 12kgs de mochila de cara al piso reventándome la boca y la nariz y dejándole un pedacito de diente como ofrenda a la Ruta 5. Iba sola haciendo dedo y al llegar por fin a Puerto Varas tuve que pasear mi cara ensangrentada hasta el centro de urgencias, pedirle a un médico que por favor le echara ojo a mis cosas, recibir todas las instrucciones de tratamiento y, siempre sola, tomar un bus hacia Ensenada, buscar un camping, instalar mi carpa y cuidarme mis heridas. Quizás no parece tanto al leerlo, pero con esta son pocas las ocasiones en las que me he sentido tan desolada en la vida.

Así como todo en la vida, viajar es una ruleta rusa y te puede pasar cualquier cosa, sin embargo, la diferencia cuando no te acompaña nadie es que en este caso eres tú el único que se puede hacer cargo. A veces tienes suerte y resulta que alguien te presta ayuda pero otras, como me pasó a mí esta vez, tú eres tu único amigo.

Esa noche mientras tomaba mis medicinas me puse a llorar de tristeza por primera vez en mucho tiempo y deseé con todas mis fuerzas que se abriera algún portal en el tiempo y espacio del cual saliera alguien querido que me preparase un tecito y me abrazara la noche entera.

Por supuesto eso no pasó así que me tocó a mí consolarme, cuidarme, prepararme mi tecito y arroparme, entendiendo que todo, tanto lo bueno como lo malo, es parte del trato y no queda más que aceptarlo.

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Si eres mujer, viajar es más riesgoso.

Me encantaría decir que no pero la verdad es que ser mujer en este mundo es por sí solo un riesgo. Hay una serie muy específica de problemas, asuntos y situaciones a las que te vas a enfrentar por el simple hecho de tener vagina y senos y por supuesto, al viajar es igual, más aún si lo haces sin compañía – Pero ojo, que bastante he hablado ya de por qué esta posibilidad no debe desalentarte jamás -.

Si nos vamos a la experiencia en general viajar sola y a dedo es una de las cosas que más he disfrutado en la vida, pero eso no quiere decir que no ocurran incidentes como el que voy a contar a continuación: En el camino entre Concepción y Pucón un camionero me recogió. Era simpático y conversador, como la gran mayoría de los camioneros con los que me topé, sin embargo, ninguno de esos otros me ofreció dinero para acostarme con él, cosa que sí hizo este.

Me da un poco de risa contarlo porque la manera en la que lo hizo fue tan disimulada, tan “buena onda”, que al principio incluso dudé de si lo que me estaba diciendo era lo que yo estaba entendiendo pero sí, era tal cual eso. Por suerte, bastó con mirarle a los ojos y decirle bien seriamente que no, que no estaba en lo absoluto interesada y que si iba a seguir con el tema por favor me dejara ahí mismo donde estábamos para que el tipo se callara, se disolviera en disculpas y me dejara en paz.

Fue tan extraña la situación que por alguna razón no me bajé del camión sino que me dediqué a explicarle lo incómoda que me había hecho sentir, lo inapropiado de su propuesta y la manera en la que había violado mi confianza. Pero esa no fue la única, porque justamente en mi destino ese fin de semana resultó que mi host de Couchsurfing intentó besarme no una, sino varias veces, hasta que por fin entendió que todos mis no significaban nada más que eso y no iba a cambiar de opinión, lo que le llevó a modificarme de una para otra las condiciones del acuerdo y hasta cobrarme por estar en su casa.

Por fortuna, ambas situaciones no pasaron más allá de una incomodidad y rabia dirigida hacia el maldito machismo. En ninguna ocasión tuve que sacar mi navaja ni poner en práctica mis conocimientos de defensa personal o tan siquiera denunciar algo, pero eso no quita el hecho de que estas cosas no nos deberían de seguir pasando y yo no debería estar agradeciendo que no llegó a peores, como sí le ha ocurrido a tantas otras mujeres.

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Tus expectativas no se van a cumplir.

Siempre he sido una persona de grandes expectativas, pero por fortuna a todos nos llega la madurez – y las decepciones – y de a poquito he ido aprendiendo a controlarlas, mas esto no quiere decir que aún no me las haga y con los viajes es súper fácil caer en ese juego.

Me pasó recientemente en las 7 Tazas, me pasó con la nieve, me pasó en Cartagena, Colombia y me ha pasado otro montón de veces en la vida. Uno ve las fotos de un lugar o escucha las experiencias de otros que ya han pasado por ahí y no solo lo pone en la lista de “Hay que ir” sino que se empieza a imaginar las mil maravillas y de pronto resulta que cuando por fin estás ahí, te das cuenta que no son mil las maravillas sino 990 o 500 o 2 y pfff, se te esfumó un sueño, te amargaste y entre medio de eso se te olvidó que el mundo no es sino como uno lo ve, por tanto, así como tienes el poder de imaginarte uno perfecto tienes también el poder de mirar de nuevo con ojos frescos y, quien sabe, de pronto notas que esas 2 maravillas lo valen todo y más.

Mochilear como forma de viajar es agotador

Vas cargando una mochila que pesa un cuarto de tu peso de un lado a otro. Te paras en una autopista durante 1 hora haciendo dedo esperando que alguien te recoja, te dejan un poco más alante y ahí estás 30 minutos más en la misma y así sucesivamente hasta que llegues a destino – si es que llegas ese día – pero resulta que entonces te toca caminar, o tomar un bus o un colectivo que te acerque al sitio donde te vas a hospedar, eso si es que ya tienes uno visto porque sino toca ponerse a explorar a ver dónde puedes montar tu carpa o qué hostal te cobra menos por pasar la noche.

Al día siguiente te levantas y sales a recorrer, pero tienes que tener cuidado de donde dejas tus cosas y si andas acampando a la mala muy probablemente te va a tocar desarmar todo, montarte la mochila encima y esperar que ojalá encuentres un hostal, un café o algún otro lugar donde te puedan cuidar las cosas un rato y así vas, día tras día moviéndote, cambiándote de lugar, armando carpa y volviéndola a desarmar, haciendo dedo, caminando de lado a otro, durmiendo poco, comiendo mal…

Y llega un día en que lo que más quieres es un lugar donde parar a descansar, donde echarte a ver una serie y dormir, dormir y seguir durmiendo hasta que hayas recuperado energías suficientes para seguir. Nadie te lo cuenta, pero mochilear cansa, el cuerpo tiene sus límites y tarde o temprano te va a pasar que te va a doler todo y no te vas a poder levantar y entonces no queda de otra que hacer caso y dejar el itinerario a un lado y cuidarse, porque ese cuerpito al que tanto le has pedido también necesita respeto y si no se lo das, hasta ahí llegaste. Hasta ahí llegó tu viaje.

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Tu corazón se va a romper una y otra vez.

Las expectativas incumplidas no es la única manera en la que un viaje puede romperte el corazón.

Va a pasar que vas a conocer a alguien: Uno de los empleados del hostal, otro viajero perdido en la estación de buses, un local buena onda o cualquier otra persona. Van a compartir juntos un café, un paseo corto o dos semanas de viaje y se va a sentir como si fuesen amigos de toda la vida, pero entonces va a llegar el momento de despedirse. Se agregan en Facebook, se etiquetan en las fotos y esperarán toparse de nuevo, pero es muy probable que eso no ocurra e incluso, que el contacto se pierda y se limite a solo darse “Me Gusta” mutuamente. Esto va a pasar y va a pasar mucho.

Quizás te pase incluso que te enamores de alguien, que sea un amor intenso y real, de esos que te revuelven entero y vas a querer recorrer todos los caminos posibles junto a esa persona, pero las estrellas no se van a alinear de esa manera y llegará también el momento de decirle adiós.

En otra ocasión te enamorarás no de alguien sino de un lugar o una experiencia, querrás quedarte ahí por siempre pero no podrás hacerlo y te va a doler un montón decir adiós con la incertidumbre de si podrás regresar otra vez o no, si serás capaz de sentir tanto de nuevo. Eventualmente, tu viaje se va a acabar o va a continuar a otras latitudes, el tiempo va a seguir transcurriendo, el mundo se va a seguir moviendo y vas a sentir que aquello que quedó atrás no lo vas a poder recuperar jamás, sea un sitio, un amigo, un amor o un momento.

En algún punto vas a tener que parar o volver al sitio de donde partiste y vas a sentir como que te despertaste de un sueño, que mientras para ti el tiempo pasó rapidísimo en el lugar al que regresaste todo se mantiene más o menos igual y te vas a preguntar, una y otra vez, para qué lo hiciste.

¿Pero sabes qué? La vida es así tal cual, no hay nada que se pueda hacer al respecto y si no es viajar lo que te hará sentir de esta forma serán montones de experiencias más, así que lo único que puedo recomendarte es que te mantengas en el presente, aprovechando lo que venga de tal manera que cuando se acabe solo te quede agradecer la fortuna que tuviste de haber sido parte de ello.

Porque sí, viajar es decepcionante, te patea, te enoja, te deprime, te asusta, te hiere, te maltrata y te rompe el corazón. Pero la vida en un solo lugar también lo hace y es ahí cuando te toca a ti mismo preguntarte si prefieres enfrentarte a la posibilidad de pasarlo mal en el mismo sitio de siempre o en cualquier otro punto de este inmenso mundo.

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