La real razón de por qué amo viajar a dedo

El otro día recordé mi primera experiencia en viajar a dedo y no es muy agradable, a decir verdad: Tenía unos 12 años y estaba en un campamento con mi grupo de scouts. Éramos 5 adolescentes y queríamos volver a nuestro campamento a unos 15kms de camino.

Veníamos mojadas enteras después de habernos bañado en una represa toda la tarde, a mí me dolían los pies de tanto caminar y me estaba empezando a salir una llaga en un dedo, cuando a alguna de las chicas se le ocurrió levantar el pulgar a los autos que pasaban hasta que paró un camión y nos montó en la parte de atrás junto con varios chivos que llevaba quién sabe a dónde. De ese viaje solo recuerdo aquellos detalles, que empezó pronto a llover y que uno de los chivos se hizo pipí ahí mismo y tuvimos que levantarnos las 5 niñas escandalizadas intentando escapar del chorrito aventurero que se movía por todo el piso.

Ya hace mucho tiempo de aquello y lo tenía incluso un poco bloqueado en mi memoria. De ahí no volví a viajar a dedo por años, le tenía algo de miedo incluso, porque la creencia popular dice que es la manera más peligrosa de viajar, más aún si eres mujer. Pero como todas las cosas en la vida, tiene uno que probarlas para en verdad descubrir qué onda y eso fue lo que hice eventualmente, llegando hasta el día de hoy en el que puedo decir con orgullo que en mi CV de viajera llevo unos 4 mil y tantos kilómetros recorridos a dedo, ida y vuelta.

En esos 4mil kilómetros las lecciones son muchas y aunque en un principio me planteé el viajar a dedo como una manera de ahorrar dinero, me he dado cuenta que va mucho más allá de eso.

Cuando viajas de esta manera estás prácticamente obligado a conversar y hacerle compañía a quien te lleva, forma esto parte de un contrato implícito y es, en la gran mayoría de los casos, el precio a pagar. Para muchos puede parecer un contra y sí, a veces lo es – hay días en los que uno simplemente no quiere hablar o no encuentra tema suficiente para llenar tantas horas de recorrido, es la verdad – pero tiene también un lado muy lindo: Al viajar a dedo dejas de ser un tan solo un pasajero, un espectador de la ruta.

Viajar en bus o en avión tiene sus ventajas pero también su elemento impersonal. Llegas al terminal/aeropuerto con pasaje en mano, te sientas en tu asiento asignado y te dispones a dormir, leer, o mirar por la ventana durante el resto del viaje. Es poco lo que conversas con otros, a tus compañeros de ruta no los conoces y a la ruta, pues tampoco. Tú solo te preocupas de llegar del punto a al punto b.

Al viajar a dedo estás obligado a conocer el camino. Te montas en un auto a las afueras de Pichilemu con destino a Talca y el conductor te dice que él va para San Fernando, que si te sirve y como no sabes dónde es preguntas a qué distancia se está, resulta que sí te conviene porque te acerca, así que ahí aprovechas de sacarle conversa al conductor y preguntarle qué va a hacer a San Fernando, qué tal es allá y si hay algo bonito que ver.

Tienes además que mantenerte despierto por lo que vas leyendo cada cartelito que aparece en el horizonte, vas calculando cuántos kilómetros te faltan para llegar, preguntas el nombre de ese lago o qué son esos árboles y el conductor te va respondiendo en la medida de lo que puede, pero siempre contándote algo que no sabías de antes.

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Mi mejor amigo y compañero inseparable de ruta

Al viajar a dedo no puedes elegir a tu compañero de ruta sino que estás a total merced del destino así que terminas conociendo toda clase de gente, gente que quizás no hubieses tenido otra ocasión de cruzarte. Empiezas a hacerles preguntas porque es la manera más segura que conoces de avivar una conversación y si tienes suerte se sueltan a hablar. Te hablan de sus vidas, de sus trabajos, del lugar de dónde vienen o a dónde van, de sus familias, de sus amigos, de quienes son y muchísimo más.

Te enteras entonces que en un país que no está en guerra los militares cumplen tareas específicas, algunas tan mundanas como cuidar caballos, reparar autos o hacer papeleo en una oficina. Aprendes que casi ningún camionero tiene pareja estable porque el trabajo se los hace muy difícil y los que tienen, por lo general se dividen entre esposa y amante, una por aquí y otra por allá. Descubres que es perfectamente posible y hasta común, el escapar de la gran ciudad e irse a un pueblito cualquiera de la Patagonia, montar un negocio propio y en poco tiempo tener hectáreas suficientes como para seguir viviendo del campo toda la vida.

Al viajar a dedo estás obligado no solo a escuchar, sino también a compartir fragmentos de tu vida y aprendes que aunque seamos muy distintos entre todos, siempre encontramos puntos en común.

Cuando eres mujer y viajas sola a dedo te percatas de lo presente que está el machismo, pero no siempre es el machismo que esperas sino uno más condescendiente, uno que te pinta como una frágil florecita que debe ser protegida y “menos mal que te recogí yo porque sino quién sabe qué te podría haber pasado ahí afuera” (nota: lo más terrible que me ha pasado hasta ahora han sido un par de conversaciones incómodas).

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Lo “malo” del dedo y el mochileo es todo el peso que llevas a cuestas, pero tampoco es que lo pasas tan mal

Te das cuenta también que la gente te percibe de otra manera y de pronto dejas de ser una simple turista y pasas a ser una especie de heroína o al menos una gran curiosidad: “¿Nunca te ha pasado nada? ¿No te da miedo? ¿Cómo lo haces con la comida? ¿Y cómo llevas tanto tiempo viajando? ¿De qué vives? ¿Y no te aburres?” y así, resulta que al otro le interesa tanto tu historia como a ti te interesa la suya.

Cuando empiezas a viajar a dedo te haces plenamente consciente de las distancias y los lugares que vas recorriendo, ves el camino desde otra perspectiva o mejor dicho, ves en verdad el camino. Notas el real estado de la carretera, las reales distancias entre punto y punto, como va cambiando el paisaje, aprendes cuántos habitantes hay en ese pueblo al que le acabas de pasar por al lado y así muchísimo más.

Al viajar a dedo a veces, incluso, llegas a hacer amigos. Fue así como conocí a Don Pepe, quien me compartió un par de libros maravillosos sobre la Patagonia y nos llenó de datos a mí y a mi compañero sobre la historia de la región, a Miguel, que hizo de mi experiencia en Constitución algo muy distinto a lo que pudo haber sido o a Michelle, un kayakista italiano que me recibió en su cabaña  en Calafquén con los brazos abiertos, me consiguió alojo en Ensenada, me metió en el mundo del rafting e incluso, me motivó de una u otra manera a escribir hoy estas líneas cuando, después de tanto conversar de la vida, de las pasiones y de los sueños se despidió de mí y me ordenó desde la ventana de su carrito destartalado que la pasara bien, pero sobre todo, que escribiera muchísimo.

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Amigos de carretera 🙂

Así que después de miles de kilómetros recorridos, montones de historias, cientos de autos, camiones, nombres y conversaciones puedo decir que viajar a dedo no es para todo el mundo ni para todas las ocasiones tampoco. Hay veces en las que no tengo ganas de repetirle a un extraño por enésima vez la historia de mi vida y de mi viaje, veces en las que no quise ni quiero conversar sino dormir o mirar el paisaje en silencio, momentos en los que prefiero pagar un pasaje y darme el lujo de saber exactamente a qué hora llegaré a mi destino.

Sí, viajar a dedo te ayuda también a ahorrar dinero pero eso no es, ni por lejos, lo más valioso, pues por sobre todas las cosas es una experiencia que te cambia y te enseña: Te cambia el viaje, te cambia las perspectivas, las rutas, los planes, la manera en la que ves a los extraños, tus juicios y percepciones. Te enseña a confiar, en ti mismo y en los demás, te enseña sobre el lugar a donde vas y aquel de donde vienes, sobre el mundo real y la gente que lo habita.

Es por eso que lo hice, lo he hecho y lo seguiré haciendo.

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