Zapara

Texto y foto por: Ma. Virginia Parra.

Me senté en la arena después de mucho tiempo lejos de ella. La sentí húmeda, tibia, acogedora, como si nunca la hubiese dejado lejos.Pensé en contar cuántos granos recogían mis manos: 50, 237, 1583, 5 millones 898, 97 elevados a la quincuagésima sexta potencia. Enterré mis pies en ella y sentí cosquillas, caricias. Un cangrejo salió de entre mis dedos a mirarme fijamente. Debe darse cuenta que estoy enamorada.

Decidí descifrar a qué huele el aire. A mar, a tierra, a sal. A sodio, a hierro, a petróleo, a lisa, a corvina, a mantarraya y a gaviota, a chipi chipi, a cangrejo. A casa.

Debo memorizar cómo se siente el agua, así que caminé hacia ella. Primero la sentí en los pies, fresca, dándome la bienvenida con un escalofrío que me despertó entera. Las olas me cantaban, “venga mija, que gusto tenerla de vuelta”. Caribe mío, tú sabes que en verdad nunca me fui.

Me abrazó como a una hija perdida, me llamó con la voz de mi madre. Así que caminé, caminé y caminé. Aquí las rodillas no me traicionan, aquí los dolores dejan de existir y nadé, nadé y nadé hasta que el agua me cubrió entera y me convertí en sirena. Hasta que sentí el calor de quien a su hogar regresa.

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