Sinestesia (II)

Foto: Hayden Williams.

Una serie de relatos cortos. Lee Sinestesia (I).

Dávide era verde, verde y amarillo. Verde como sus ojos. Verde como el árbol de Navidad que se ha empezado a secar porque es enero y ha pasado tiempo sin recibir agua. Un verde que no es fresco, pero es bello.

En el desierto de Atacama hay días en los que las dunas florecen. Llueve de pronto y nacen flores donde antes solo había arena y piedra. Me pregunto cómo huele el desierto, me lo pregunto sentada mirando a la calle mojada que se asoma en mi ventana.

Dávide era verde, verde amarelho, verde como las hojas de otoño, aunque su pelo siempre olía a verano y agua salada.

Fue él quien me contó lo del desierto floreado.

Fue él a quien le pregunté a qué huelen las dunas cuando florecen y mientras lo describía me imaginaba a mí misma acostada entre ellas, hundiéndome, mejor dicho, como si no fueran sino arenas movedizas. Me vi ahí, con el olor rosa claro de los lirios mezclándose entre el amarillo de las malvillas, casi ahogado por lo naranja de los cebollines, envuelta por miles de capullos perfumados, abrazándome, inundándome, llenándome a tal punto que hasta mis órganos olieran a una empalagosa mezcla de pétalos y sangre.

Pensé en lo lindo que sería morir en ese instante y que cuando me abrieran las tripas para embalsamarme, fuese tan fuerte el aroma que nadie pensaría que alguna vez existió ahí el formol.

Me vi a mí misma muerta, desnuda y gris en la camilla de aquella funeraria hedionda a popurrí.

“Dávide ¿me llorarías?” le pregunté.

“No te podría llorar, pues si te mueres te sigo” respondió Dávide, el verde y amarillo. “¿Oleré yo también a popurrí?”

“Si te pierdes conmigo te prometo que sí”.

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