Sinestesia (I)

Foto: Hodaka Yamamoto.

Una serie de relatos cortos.

Rodrigo era color amarillo en las mañanas, amarillo como el sol naciente, aunque en verdad cambiaba de color según la hora del día, según su humor, según mi humor.

Sus orgasmos eran verdes, a veces incluso verde esmeralda, que leí por ahí es el color de la sanación y el crecimiento, pero Rodrigo no me ayudó a sanar. Solo hizo más notorias mis heridas. Les metió el dedo y les tiró sal por encima, haciéndome creer que cicatrizarían, pero cómo iban a hacerlo si él no dejaba de hurgar en ellas.

Cuando ponía sus manos sobre mi cuello era color rojo, rojo como el fuego que empieza a arder de verdad y mientras más apretaba más rojo era, hasta que el negro de mi vista por la falta de aliento se fusionaba con su color ya rojo burdeos, como la sangre oscura y espesa.

Cuando amenazaba con irse tomaba ese mismo color rojo sangre, que para mí era tan magnético que no podía dejarle ir. No podía dejarle dejarme.

Pero el color que más me gustaba era el que tomaba cuando me perdonaba.

Entonces se ponía color magenta que se tornasolaba con el contacto de mis lágrimas y se parecía al arcoiris que formábamos al hacer el amor, no un arcoiris común y corriente como esos que salen en el cielo, sino aquellos difusos que se forman en los charcos de agua estancada y van cambiando de color dependiendo del ángulo en que lo mires.

Esa última noche mis gritos eran color nieve y sus golpes color mugre.

Esa noche la botella era color amarillo, como el sol naciente en la mañana, mientras que Rodrigo era color tierra, color barro y de su boca solo salía un verde enfermizo, como el de la flema estancada.

Tuve que hacerlo ¡Tuve que hacerlo! No podía dejar que siguiera tomando ese color tan feo.

Esa noche mis manos también eran color nieve, como mis gritos, pero se volvieron rojas casi de inmediato, mientras que con Rodrigo pasó algo muy curioso, cuando le clavé la botella en el cuello su color se fue volviendo transparente y de su boca dejó de salir el verde flema, que se transformó de a poco en otra cosa, en otros tonos, hasta el último aliento que salió ya color verde esmeralda, el mismo de sus orgasmos.

Fue la primera vez que sus colores me hicieron sentir realmente sana.

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