Oda al arroz de coco, o una carta de amor al primer hogar

Ilustración por: Verónica Cassiani

Aún no he ni abierto los ojos pero me despertó ya el olor a coco y aceite, a mar, a arena blanca, a brisa del Caribe, a amor, a felicidad.

Me gustan los cumpleaños porque siempre son especiales, hoy no es el mío sino el de mi papá, creo que ya está por los 50 aunque él jura que aún se ve de 30. Quizás sí, quizás solo se ve a sí mismo a través de los ojos de mi madre, siempre enamorada.

La receta va de generación en generación, aunque mi mamá todavía no haya logrado perfeccionarla y traspasármela, pero algún día me tocará a mí, algún día será mi turno de prepararla: Un poco de azúcar para resaltar el sabor, acompañado de tajadas sabe mejor; un chorrito de Coca Cola es el ingrediente (no tan) secreto, un puñado de uvas pasas que solo han de acompañar la cocción.

Mi casa huele a playa aunque no estamos ni tan cerca de ella, mi papá se saborea incluso antes de sentarse a la mesa. Han llegado todos los tíos, vienen a celebrar al cumpleañero pero también a probar el plato principal, la estrella del día, el manjar que nos convoca. No he comido en todo el día, ni siquiera pienso en desayunar puesto que el hambre hay que guardarla para satisfacerla con ganas.

Me pregunto por mientras cómo será vivir lejos del mar, cómo será no ver palmeras por la ventana y tener más de dos estaciones al año. Pronto lo voy a averiguar.

Parte del agua de coco se guarda, es buena para lavarse la cara, decía mi abuela; hasta a eso se le saca provecho. La carne se desmorona en las manos y el cuerpo entero se te impregna de aroma a día soleado.

Nos sentamos a la mesa y aunque nadie hace pausa, en el fondo todos damos las gracias. Nos sabemos afortunados de vivir en un verano eterno, donde los mangos llueven del cielo y los cocos cuelgan como estrellas en el firmamento, donde el suelo es fértil y no para de dar regalos, un lugar en el que pase lo que pase, siempre hay razones para agradecer.

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